Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




martes, 9 de enero de 2018

La manopla



Caminaba mirando al suelo, como casi siempre. Observando las formas que las baldosas hacen en las aceras, aunque otras veces sólo hubiera cemento o una más práctica pátina de alquitrán.

Se entretiene mirando los envoltorios de golosinas, las colillas que todo fumador tira al suelo, las octavillas de publicidad que apenas cambian de unas manos a otras, unos segundos antes de acabar en el suelo por el desinterés. Todo ello forma un batiburrillo de lo más colorido, aderezado por las hojas de los árboles que este año han tardado más que nunca en caerse.

Y de repente la vio. Una pequeña manopla de color gris que no haría mucho cubriría la mano de un niño de muy corta edad. Allí arrinconada, a los pies de un escaparate de una tienda de zapatos, sola, cubriendo una parte de suelo mojada por la escasa lluvia que había caído un poco antes. 

Sintió un escalofrío, y pena. Como cuando ve un juguete perdido en un parque, o una pelota escondida tras las ruedas de algún coche. Aquel objeto que antes tenía y daba vida, ahora yacía inerte y desamparado, dejando seguramente triste a quien antes lo poseía. Con ese poso de amargura que viene cuando se tiene una pérdida que no se comprende y llega el desamparo que da toda soledad no buscada.

Alza la cabeza y mira al frente, pensando que cuando no mira abajo los recuerdos y pensamientos no caen en innecesarias desesperanzas.

jueves, 23 de noviembre de 2017

Microrrelatos. 2- El cruce



Se levantó sobre su motocicleta aprovechando que no había nadie y aún quedaba recta antes de parar en el semáforo. De pie sobre los pedales, emulaba a sus ídolos de las carreras cuando vio como de repente se le echaba encima un coche que descontrolado, saltó la acera desde el cruce, embistiéndolo sin remisión.  

En la cama del hospital mira al cielo por la ventana y ve como un avión dibuja una estela blanca a su paso. Recta. Dependiente de por vida de una silla de ruedas se atormenta pensando si hubiera podido reaccionar de no haber hecho aquello niñería.

lunes, 20 de noviembre de 2017

Sostiene Pereira


  En Sostiene Pereira todo es asfixiante. El calor de la canícula lisboeta, apenas aliviado por la brisa marina de un Atlántico que no tiene compasión con los vecinos del delta del Tejo. La convivencia del protagonista en su angosto domicilio, sujeto a las reglas de una portera impertinente y mal encarada que a su faceta clásica de cotilla,  suma la de posible confidente de la policía política.

Es asfixiante el empleo de nuestro protagonista, antiguo reportero de sucesos, que tras una hoja de servicios de más de treinta años, completa los últimos años de profesión, enfrascado en la redacción de efemérides culturales, y reseñas necrológicas de escritores, que han de ajustarse a las premisas del editor de su diario vespertino, católico y acolito del  ya instaurado régimen político del país. 

Asfixia y angustia el clima reinante en la ciudad, y por ende, en todo el país, siempre atento a las noticias que llegan de la vecina España, ya inmersa en su sangrienta Guerra Civil. Bajo la aparente normalidad de quien vive ajeno al drama de los vecinos, y que mira a otro lado creyendo que la deriva fascista del continente no afecta a la siempre anglosajona Portugal, aliada y alienada ahora a las tesis germanófilas gracias a la labor del gobierno salazarista.

En medio de un clima así Pereira consigue mantener en marcha su enfermo corazón, necesitado de balnearios y curas en clínicas, anhelante de un pasado al que intenta aferrarse charlando con el retrato de su fallecida esposa, y cuyas cavilaciones cada vez tienen más presente el tema de la muerte.

Antonio Tabucchi construye magistralmente la imagen fija de una Europa asomada al abismo. Y lo hace a través de un testigo humilde, mediante la mirada de un periodista en el ocaso de su vida profesional, que se ve obligado a replantearse su cómodo conformismo a consecuencia de la contratación de un ayudante de redacción para su sección de cultura, que acaba por manifestarse como un revolucionario que solo escribe reseñas inutilizables e impublicables. La aparición de Montero Rossi y su misteriosa camarada, Marta, darán un giro de ciento ochenta grados a la vida de este reportero que vuelve a la vida, replanteándose todos sus principios.

Dotada de un brío y ritmo trepidantes, gracias a la distribución en capítulos cortos, y la inmersión de los diálogos en la narración, sin separaciones, muy en el estilo que ha dado fama universal a Saramago, el lector acaba viviendo los avatares de un viejo de vida aburrida que acaba dando a su existencia un sentido gracias a la aparición de su clandestino y problemático colaborador. Así sufre su mismo calor sofocante, saborea las refrescantes limonadas con azúcar, y degusta las exquisitas omelettes a las finas hierbas a las que el protagonista es aficionado, y que con frecuencia saborea en alguno de los cafés o restaurantes de la ciudad; así el lector se convierte en improvisado acompañante de Pereira en su lento pero constante transitar  por las inevitablemente empinadas calles de la vieja Lisboa.

Sostiene Pereira, el título que es en realidad una coletilla que el narrador omnisciente repite sin cesar para involucrar al lector, que termina  viviendo en la Portugal a las puertas de la segunda Guerra Mundial. 1938 es el año en que la II República Española toco fondo, entregando la cuchara en un conflicto que sirvió de banco de pruebas para la Gran Guerra. Con ese trasfondo histórico, Tabucchi construye esta historia que es un homenaje a la profesión periodística, siempre sujeta a tensiones con un poder político al que nunca termina de gustar la libertad de expresión.



miércoles, 15 de noviembre de 2017

Microrrelatos. 1- El pantalón




 Cuando compró aquel pantalón tan caro, supo que había saltado una barrera, incumplido con una prohibición; y algo peor: supo que su enemigo, desde aquel momento en que salió de la tienda, estaría en casa. Con un simple arrebato había hecho saltar la banca, arruinando el presupuesto familiar de unas vacaciones tan magras que no merecía la pena esperar a que llegasen. 

Andando por la calle con aquella bolsa en su brazo, comprendió que su inconsciente le dio la fuerza que su raciocinio le negaba; aquella bomba necesitaba de una espoleta, y vino con forma de vaquero de Miss Sixty.