Motivación existencial

Ricón para pequeñas reflexiones ahora que las puestas de sol se ven desde los cuarenta...
por Dondo Moreno




jueves, 13 de julio de 2017

La pluma que vuela



  Juega con ella en sus manos. Siente como se desliza entre sus dedos. Se sienta en el suelo apoyada contra la pared. Deja que sus ojos se entretengan con el paso de la pluma, una y otra vez, entre sus dedos corazón y anular.

  Espera. Está en la habitación contigua, en el vestidor. Dentro de un momento le traerán el traje y la vestirán. Mientras está con un camisón blanco de una pieza como único atuendo. Piensa en los esponsales, en el convite en el jardín, en la vuelta a esa suite que ahora no está al alcance de sus ojos, donde pasará la noche con el que será su marido

  La pluma sigue deslizándose, despacio, suave. 

  En realidad está impaciente, No ve la hora de lucir la alianza en el dedo, señal inequívoca de que se habrá entregado a quien ama con locura. Mientras deja que la pluma siga su camino, sin obstáculos, en medio de la habitación blanca. Vendrá el modisto, le pondrá el vestido con meticulosidad, sin que falte un solo detalle y una vez dispuesta se pondrá delante del gran espejo, ese que la verá vestida y peinada antes de que salga de la suite, el mismo que la verá desnuda y con el pelo revuelto, cuando se entregue a él, más tarde, en la cama que se refleja justo en frente.

  Saldrá de la habitación, bajará las escaleras en espiral enmoquetadas. Pasará por el hall acristalado del hotel que le conducirá al jardín, allí en una esquina estará la orquesta, la que hará sonar la marcha nupcial cuando la vean entrar, justo al lado del pequeño altar que servirá de lugar de consumación del enlace. Allí en medio le estará esperando él, impecable con su chaqué, tan guapo y radiante como la primera vez que lo vio. Y aunque sepa que allí, en el jardín, sentados en sus sillas, estarán sus amigos, su familia, y aunque sienta el brazo de su padre que la estará llevando, ella sabe que solo tendrá ojos para él. Sabe que el mundo se parará sin que le importe lo más mínimo.

  ¡Cuánto tardan! Siente que se pone nerviosa. Le dura poco; le basta ver pasar la pluma, incesante, una y otra vez por los dedos, para que se le pase. Tararea una vieja canción, una nana que de niña siempre escuchó cantar a su abuela, y que de modo cíclico le viene a la cabeza; y hace funcionar sin quererlo sus cuerdas vocales, de un modo inaudible para todos menos para ella, que siente en su garganta como vibran al compás de la melodía. Bueno, no solo la oye ella, también lo hace la pluma, que como si estuviera en plena representación, se mueve ahora entre los dedos de un modo acompasado, a modo de coreografía, como si esa nana fuera un vals, y la mano tuviera a la pluma como pareja de baile.

  Entregada a la música, la pluma de repente se suelta, abandona el auxilio de sus dedos, y levanta el vuelo, apenas un palmo. Y aparece la angustia. De repente las cuerdas dejan de vibrar, y un sonido primitivo y gutural, asoma en la garganta, al tiempo que los ojos comienzan a inundarse de lágrimas. La pluma que vuela mínimamente libre, le devuelve a ella a su cárcel. Como si de un fogonazo o un flash de una cámara se tratase; en su cabeza se construye una imagen. Ve una sábana blanca, cubriendo sobre el suelo un cuerpo en mitad de un charco de sangre. Ella lo mira antes de levantar la cabeza y mirar hacia el cielo, como si mirando hacia arriba quisiera encontrar respuestas que mirando hacia abajo solo le conducen al sollozo y al dolor. 

  Aquel día él decidió poner fin a su vida. Intentando entender por qué ella se volvió loca. Y su tiempo quedó de repente empantanado, en medio de un féretro al que seguía el día de su sepelio, movida como por inercia, y un vestido de boda, que yace en un trastero de alquiler pudriéndose lleno de polvo.

  La pluma vuelve dócil a donde salió. Ella la recoge y la acuna. Recupera la calma. La espalda se relaja.

  Y entonces… juega con ella en sus manos. Siente como se desliza entre sus dedos. Se sienta en el suelo apoyada contra la pared. Deja que sus ojos se entretengan con el paso de la pluma, una y otra vez, entre sus dedos corazón y anular.